jueves, 13 de mayo de 2010

QUIERO SALVAR UNA VIDA

Esta pequeña historia, que me sucedió realmente, me enseñó algo muy bonito un día que no había comenzado muy bien. Espero que alguien, aunque solo sea minimamente, se emocione.


Martin.



Eran más o menos las 6 de la tarde de un Domingo cuando llegamos al servicio de Urgencias del Hospital de Santiago de Compostela. Le habíamos entregado la tarjeta sanitaria al celador y explicado con pocas palabras lo del dolor de la pierna. El tomó nota en la hoja de incidencias y seguidamente con el dedo índice señaló la sala de espera mientras murmuraba algo que pudimos deducir que era:
-Esperen ahí hasta que les llamen -nos devolvió el papeleo y nos despedimos de su cogote ya que era lo único que habíamos podido ver.
En la sala había unas cuantas personas ya esperando; Una pareja chicas inglesas que no paraban de hablar en un tono medio-bajo, las pocas palabras que pude entender y por los gestos y miradas que dirigían a uno de los pies de la que menos hablaba deduje que era una peregrina pagando penitencia. Otra señora mantenía la cabeza baja en el medio de las manos. También había un señor muy mayor en una silla de ruedas conectado a algunas cosillas que hoy en día prolongan las vidas de las personas, a veces de manera desproporcionada… Alguno más dormitaba y otros murmuraban cosas por lo bajo cada vez que miraban el reloj. Tomamos asiento y pasamos a formar parte de ese alegre grupo de desconocidos.
Una voz por megafonía dijo el nombre de una mujer con un tono tan alto e indescifrable que todo el mundo levantó la cabeza con expresión de dolor en los oidos mientras alguno criticaba con el vecino el tono tan exagerado e inútil. La señora que mantenía la cabeza entre las manos se levantó sin mediar palabra y enfiló hacia la sala de atención médica todavía con las manos marcadas en los mofletes. Una vez hubo desaparecido tras la puerta cada uno volvía a su pequeña rutina.
Clara mantenía la mano en mi pierna y de vez en cuando la deslizaba suavemente en movimientos circulares con una vana intención de sanarla tan solo con su preocupación.
-¿Te duele mucho?- preguntó en tono muy bajito mientras me miraba con esos ojos tristones, y a la vez, su boca dibujaba una tímida sonrisa que no intentaba más que animarme.
-Creo que ya no me duele tanto.- dije buscando la mejor cara posible. Ella dejo caer suavemente su cabeza sobre mis hombros con la certeza de me dolía “a saco” pero no quería decirlo. Seguimos así durante una media hora sin que nada en esa sala se moviese.
Una voz interrumpió la rutina:
-Siéntate por donde veas voy a darle los papeles al pavo de la puerta- la voz parecía salir del estómago y tenía un aire de pasotismo. Seguidamente por la puerta apareció una gitana a la que yo conocía perfectamente, cuando era niño y vivía en casa de mi madre ella era nuestra vecina aunque ahora mismo estaba completamente seguro de que no me reconocería. Tomó asiento. Cinco minutos más tarde entro en escena su acompañante no sin antes deleitarnos con un montón de parrafadas y quejas que le fue soltando al celador y que rompían la profunda calma que había reinado en esa sala hasta el momento. El era un hombre de unos cuarenta años, pallo, claramente afectado por muchos años de desfase. Mientras tomaba asiento al lado de Luciana (yo recordaba su nombre perfectamente) le seguía relatando todo lo que acabábamos de escuchar y soltando alguna queja referente al tiempo que tendrían que esperar.
-Joer- continuaba él mientras sus ojos no se abrían completamente- es que la seguridá social es la polla, mis viejos estuvieron pagando toda la vida pa que les dieran mierda.
Ella apenas hacía caso de sus comentarios, simplemente nos miraba con una sonrisa tímida como queriendo disculpar las tonterías de su acompañante. Lo cierto es que yo la recordaba así, una persona muy infantil, cabeza de una familia totalmente desestructurada, marido en la cárcel siempre, un hijo y una hija Yonkis, los dos ya habían muerto apenas pasada la adolescencia y su casa siempre había sido un punto de venta de Heroína. Con todo y esto siempre me había sorprendido mucho la ingenuidad de Luciana. Era bajita y delgadita siempre con una cola atando un pelo negro que no había conocido tijera, las faldas hasta los pies y su calzado ideal eran las zapatillas de casa. Todo esto siempre iba acompañado de anillos, colgantes y demás, todo de oro. Se reia de todo, cualquier chiste le hacía gracia y circulaba por el barrio como una niña pequeña tímida y a la vez temerosa de que la señalaran con el dedo o de recibir la bronca de alguna madre de un Yonki del barrio que pudiese reconocer un anillo que el hijo le hubiese canjeado por Jaco. Lo del marido era otra historia, era una de las personas más malas que recuerdo. Solía aparecer con un seat 124 que hacía más ruido que un tráiler, nunca lo cerraba pero nadie se atrevería ni tan siquiera a pasar cerca. Todos sabíamos que la ira de ese desgraciado recaía siempre en Luciana pero los vecinos no se compadecían en absoluto ya que eran, según ellos, los que mataban a sus hijos. Él murió en la cárcel.
Luciana seguía allí sentada observándonos fugazmente. Su acompañante por fin paró de hablar y decidió abrir los ojos, solo un poco más, y echar un vistazo a la gente que allí estábamos, cuando su mirada se cruzó con la mía paró un momento e hizo un pequeño gesto de saludo que yo devolví por respeto, y caí en la cuenta, era el Manu! Ya no quedaba nada de aquel niño que había venido conmigo al colegio. Por un momento pensé que vendría a deleitarme con uno de sus discursos, cosa que no me apetecía nada por que me dolía la pierna y su rollo me haría doler la cabeza, pero no lo hizo, bajó la cabeza con los ojos entrecerrados y permaneció así un rato, sumido en pensamientos que rozaban la ensoñación.
Ya se habían ido un par de personas más y llegado otras tantas. Hacía un buen rato que era de noche y yo ya empezaba a estar realmente incomodo, cosa que Clara notaba perfectamente y seguía intentando mitigar mi dolor a base de caricias y pequeños besitos en el cuello. Ahora el silencio era total pero duró poco, el Manu decidió que ya era hora de arreglar el mundo y el retraso de la sanidad así que comenzó una nueva colección de críticas y protestas, pero esta vez Luciana no le hacía caso en absoluto y permanecía con la mirada fija en el suelo. Hizo un gesto a su parlanchín acompañante para que dejara de hablar y con el dedo señaló el suelo:
-¿Qué es eso?- sin poder evitarlo todos miramos pero no vimos nada.
-¿Lo qué?- preguntó el pobre de Manu que no hubiese visto nada aunque delante de sus narices hubiese un muro.–Yo no veo ná joer.
Pero ella insistió.
-Ahí delante hay un bichillo, ¿es una araña? Dijo mientras miraba con curiosidad.
Ahora sin quererlo estábamos todos atentos a la conversación e incluso inclinábamos la cabeza intentando ver algo. Ella bajó la cabeza hasta al suelo y dijo:
-Es una arañita canija.
-Pos mátala joer…písala. –pero ella se giró hacia el y muy seria le dijo:
-¿Por qué la voy a matar chaaachoo…? ¿Qué ta hecho?
-Pos alomejor me pica no te jode. –dijo el mientras esbozando una pequeña sonrisa nos miró buscando algo de complicidad a su pequeña broma y de paso nos delitó con una dentadura que parecía un castillo en ruinas. Cuando vió que nadie se reía le dijo ya en un tono un poco más fuerte:
-Mátala ya hostia y no jodas con la puta araña.
-Aiiii, vete a la mierda pallo. -le respondió ella ya más enfadada. Entonces sacó el DNI que parecía más bien un pergamino e hizo todo lo posible por cogerla para poder trasladarla hasta la calle. Después de algunos intentos lo consiguió y entró riendo como una niña y cuando vió que nadie se reía ni hacia ningún comentario al respecto bajo la cabeza y se sentó. Por un momento ella cruzó su mirada con la mía y yo le sonreí entonces ella me devolvió una preciosa sonrisa llena de satisfacción por lo que había hecho. Después su mirada permaneció perdida durante largo rato, yo la observaba por el rabillo del ojo, y su mirada y sonrisa se fueron apagando hasta quedar pensativa y seria. Hubiese jurado que pensaba en sus hijos, en su vida o en todo lo que le había pasado.
Creo que una persona que ha visto morir a sus hijos a causa de la droga que ella misma vendía, que recibió palizas toda la vida, el rechazo de sus vecinos y la sociedad pero que todavía conserva la intención de salvar un mínima arañita se merece todo mi respeto, creo que en ese momento me hubiese levantado a abrazarla… aunque no sé como hubiese reaccionado el Manu o ella misma.
Yo sé que si no fuese por las situaciones de su vida Luciana hubiese sido una gran persona. Para mi fue una lección de vida.
Entonces escuchamos mi nombre y me encaminé hacia la consulta, con menos dolor en mi pierna o por lo menos dándole menos importancia.

5 comentarios:

  1. Vaya, pues lo conseguiste, me emocione de verdad y una lagrima me nubló la vista impidiéndome seguir leyendo con claridad, así que me frote los ojos para devolverles la nitidez perdida y poder seguir disfrutando de este relato lleno de compasión por muchos lados.

    Un beso para Clara y para ti.

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  2. Hola Martín.

    Me encanto tu relato, una anécdota en tu vida que nos da una gran lección, sobre todo de humildad.

    Un beso.

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  3. Saludos, Martin,

    -A veces me pica alguna hormiga y la mando al astral sin pensármelo. Es como un acto reflejo. Otras veces las salvo de muerte segura y las más las observo un rato decidiendo sus vidas como un maharajá. A veces no hay opciones, salvo las oraciones apropiadas.
    A las cucarachas no las perdono. De veras lo siento.
    -Meditando sobre todas estas situaciones se aprenden grandes lecciones de vida.
    Un dia hasta le puse nombre a una araña que vivia en un rinconcito de mi casa. Actualmente albergo un abejorro en mi jardín. Tiene nombre, por supuesto.
    -Acabo de conocer tu blog y me ha encantado, lo mismo que el relato. Te invito a pasar por el mio. Seas o nó buddhista, os extiendo un abrazo, si lo eres, entonces somos dos.

    Ha sido un placer,

    ¡Gassho!

    Dr.G.

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  4. Muchas gracias por vuestros comentarios, me agradan mucho.
    Yo a veces también me cargo algún bichillo, aunque he de reconocer que de un tiempo a esta parte lo evito en todo lo posible.
    Doktor: un saludo al abejorro, alomejor en otro momento el te albergará a ti en su jardín.

    MUCHAS GRACIAS

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